Platón levanta un escenario ontológico, epistemológico y ético a la vez: una mapa de cómo el ser humano habita la ignorancia, como puede salir de ella y por qué, paradójicamente, suele resistirse a hacerlo.
Imagina (dice Platón), a un grupo de hombres encadenados desde su nacimiento en el fondo de una caverna, no están atados por la fuerza bruta únicamente, sino por algo más sutil, la costumbre (o aquí incluyo mi propia interpretación, quizás sus propias cadenas, aquello que no se permiten a sí mismos descubrir, una verdad quizás terriblemente dolorosa de enfrentar, o sus propias carencias e ignorancia). Sus cadenas les impiden girar la cabeza; su mundo es un muro. Detrás de ellos, un fuego. Entre el fuego y sus cuerpos, objetos ( y aquí el detalle que Platón ya hace 420 a.C nos los describió claramente) que otros hombres transportan. Lo único que los prisioneros ven son sombras proyectadas en la pared: siluetas mudas que se mueven y cambian, y surge la primera pregunta: ¿Entonces toda la realidad que aquellos hombres y sus cadenas, se limitaba a lo que podían observar como sombras en la pared?; y lo que aún más nos interpela, ¿ésta realidad dirigida como el titiritero a una marioneta, estaba manipulada a la voluntad de otros quienes dirigían lo que para estos prisioneros defendían como realidad y ''verdad''?. Para los prisioneros estas sombras son la realidad, porque no conocen otra cosa. Aquí Platón introduce su primer gesto técnico: la caverna representa el mundo sensible, el ámbito de la dóxa, la opinión, creencia. No es mentira deliberada, es conocimiento incompleto, fragmentario, dependiente de los sentidos, de la tradición, las sombras en cuestión, son insuficientes. Y me sobreviene otra pregunta ¿A caso esta ''verdad'' a medias, fragmentada, quizás hasta ''manipulada a la subjetividad de los sentidos, incierta sobre el mundo sensible'', no podría ser aún más perjudicial?.
Dolor, luz y desgarro
Ahora Platón nos lleva a imaginar lo ''impensable'', uno de los prisioneros es liberado, no celebra, no agradece, su liberación duele. Girar el cuello lastima, la luz del fuego hiere los ojos, el mundo que emerge no se revela como promesa, sino como amenaza. Este momento es crucial, el conocimiento, no es placentero al inicio, la paideia; la educación del alma, es un proceso de desacostumbramiento , de ruptura con lo familiar, al liberado puede impresionarle al inicio que las sombras son más nítidas que los objetos reales, e intentar aferrarse a ellas, aqui Platón diagnostica algo profundamente humano: preferimos la coherencia falsa a la verdad desestabilizadora.
Pero el ascenso continúa, el sol no es solo una fuente de luz, es la condición de posibilidad del conocimiento y del ser, así como permite ver los objetos, permite que las ideas sean interpretadas, es el sentido del ''bien en sí''.
El retorno: la tragedia del que ve
El liberado vuelve a la caverna, no lo hace por soberbia, sino por responsabilidad, ha visto más y por tanto debe regresar, pero sus ojos ya no se adaptan a la oscuridad, tropieza, duda, parece torpe, cuando intenta explicar que las sombras no son lo real, lo acusan de haber sido dañado por la luz, si insiste, dice Platón, que incluso lo matarían.
Esta es una realidad, una alegoría ética y política, Platón nos revela una incomodidad: las sociedades pueden organizarse alrededor de las sombras y defenderlas con violencia. No nos pregunta si estamos en la caverna (porque es el punto de partida de todos); nos desafía a algo más inquietante:
Si la verdad doliera: ¿querríamos realmente verla?; ¿entendemos cuales son las sombras que vemos, las cadenas que no nos permiten girar la cabeza para ver quienes está detrás manejando el show, estariamos listos para sobrellevar aquellas verdades que puedan resultar difíciles de transitar para deshabituarnos? Y es así como, la caverna deja de ser un mito antiguo y se convierte en un espejo.






