lunes, 7 de septiembre de 2026

Entre dudas y certezas

 Tengo muchas dudas y algunas certezas, aunque últimamente me cuesta distinguir dónde termina una y comienza la otra.

Pienso en esto mientras atravieso, con cierto dolor en el pecho, una pregunta que probablemente me ha acompañado durante buena parte de mi vida: ¿por qué ha sido tan difícil para mí vincularme con otros?

Quizás algún día encuentre allí una explicación para ciertas cosas que siempre sentí distintas, para determinadas intensidades, para algunas formas de percibir el mundo y a los demás. Quizás pueda resignificar episodios enteros de mi historia. Pero hay algo que una explicación no puede hacer. No puede borrar el dolor.

No puede hacer desaparecer el bullying de la infancia, ni las amistades que alguna vez parecieron eternas y terminaron porque yo era "demasiado intensa", porque sentía el vínculo de una manera que el otro no podía o no quería sentirlo, o porque esperaba de una amistad una profundidad que quizá aquella persona nunca había prometido.

Tampoco puede borrar esa experiencia particularmente dolorosa de descubrir que alguien decía admirarte, quererte o valorarte, pero que, en realidad, parecía estar esperando encontrar tus fallas. Como si la admiración hubiera sido apenas una forma sofisticada de observación. Como si necesitaran acercarse lo suficiente para encontrar aquello que les permitiera, finalmente, decirse a sí mismos: "Sabía luego que era así."

Y quizás una de las cosas que más me duelen es esta:

En casi treinta años de vida, me ha tocado despedir más vínculos, que construirlos. No digo que nadie me haya querido. No digo que todo haya sido mentira.

Digo que pocas veces he sentido que alguien se acercaba a mí sin condiciones ocultas, sin expectativas que yo desconocía, sin esa sensación de estar siendo evaluada mientras creía estar siendo querida.

Y cuando una historia así se repite suficientes veces, algo dentro de uno aprende.

Aprende a desconfiar. Aprende a leer demasiado. Aprende a buscar el momento exacto en que el afecto va a transformarse en decepción.

Aprende a preguntarse, incluso frente a una palabra amable:

"¿Qué habrá detrás de esto?"

Y entonces aparece una contradicción terrible: deseo profundamente la intimidad, pero temo profundamente sus consecuencias. Quiero pertenecer, pero tengo miedo de ser expulsada. Quiero mostrarme, pero temo que aquello que muestre sea utilizado algún día en mi contra (como lo ha sido tantas veces).

Quiero una amistad real, pero una parte de mí permanece en la puerta, observando, esperando descubrir la grieta. Quizás esto tenga algo de biológico.

Hace mucho tiempo, antes de que nuestra especie aprendiera a construir ciudades, escribir libros o inventar explicaciones sofisticadas sobre sí misma, pertenecer a una tribu no era una metáfora. Era supervivencia.

Ser rechazado podía significar no tener acceso a alimento, agua, refugio. Podía significar quedar expuesto a depredadores, a otras tribus, al frío, al hambre. El grupo protegía, alimentaba y permitía sobrevivir. Tal vez por eso el rechazo social todavía duele de una manera tan desproporcionada.

Quizás nuestro cerebro siga entendiendo algunas formas de exclusión como si fueran una amenaza mucho más antigua que nosotros mismos. Y entonces me pregunto si no hemos construido una enorme paradoja alrededor de algo tan primitivo.

Somos seres sociales, pero nadie nos enseñó realmente a relacionarnos.

Nos enseñaron a agradar. A ser interesantes. A ser deseables. A tener amigos. A pertenecer. A ser buenos compañeros. A ser buenas mujeres. A ser buenos hombres.

Pero, nadie nos explicó que una persona puede quererte y no tener capacidad para comprenderte.Que alguien puede admirarte y, al mismo tiempo, no saber sostener tu vulnerabilidad. Que alguien puede ser una buena persona y no ser una buena amistad para vos. Que no todos los vínculos están destinados a alcanzar la misma profundidad.

Y quizás ahí exista una de las mayores confusiones de nuestra educación afectiva: creemos que si alguien entra en nuestra vida, necesariamente debe acceder a todas sus habitaciones.

Pero no. Quizás las personas tengan habitaciones. Y quizás no todos deban entrar a todas. Hay personas para conversar. Personas para reír. Personas para compartir una etapa. Personas para trabajar. Personas para amar. Personas para caminar un trecho.

Y quizás, solamente algunas, muy pocas, puedan conocer esa habitación donde guardamos aquello que más nos importa.

No creo que eso signifique esconder quiénes somos. Al contrario. Quizás madurar sea dejar de esconder nuestro yo más profundo, pero aprender a elegir con quién compartirlo.

Porque no todos pueden recibir lo que somos. Y eso no necesariamente habla mal de ellos. Ni necesariamente habla mal de nosotros. Simplemente somos diferentes.

No todos interpretamos el mismo amanecer con la misma intensidad, aunque el amanecer esté disponible para todos. Algunos miran el cielo. Otros observan los colores. Otros sienten el frío de la mañana. Otros apenas registran que está amaneciendo. Y ninguno está necesariamente equivocado.

Nuestra historia modifica aquello que podemos percibir. Nuestros dolores. Nuestros fracasos. Las cosas que nos hicieron felices. Lo que aprendimos del amor. Lo que aprendimos del abandono. Lo que tuvimos que aprender demasiado temprano.

Y quizás también nuestras propias características biológicas, temperamentales, neurológicas, esas diferencias que todavía intentamos comprender y nombrar.

Pienso también en cuánto de todo esto está atravesado por el género. Nos han contado historias distintas sobre cómo debemos relacionarnos. A las mujeres nos enseñaron, muchas veces, una especie de utopía vincular: las amigas para toda la vida, la complicidad absoluta, la disponibilidad permanente, la intimidad casi obligatoria. Nos enseñaron que una amiga verdadera debe saberlo todo, estar siempre, entender siempre, celebrar siempre, perdonar siempre.

Y cuando una mujer siente profundamente, cuando vive los vínculos con intensidad, cuando necesita una conexión que vaya más allá de la superficie, puede terminar creyendo que hay algo defectuoso en ella cuando los demás no responden de la misma manera.

Entonces aparece la desilusión.

"Yo habría hecho eso por vos."

"¿Por qué vos no lo harías por mí?"

Pero quizás esa pregunta esconda otra más difícil:

"¿Por qué esperaba que sintieras como yo?"

A los hombres, en cambio, muchas veces se los educa para no necesitar demasiado al otro. Para resistir. Para no mostrarse vulnerables. Para construir una fortaleza emocional donde solamente determinadas formas de intimidad parecen permitidas. Y quizás por eso también hemos confundido tantas veces la ausencia de conflicto con la existencia de un vínculo profundo. Como si llevarnos bien fuera suficiente. Como si estar juntos significara necesariamente conocernos. Como si compartir tiempo fuera lo mismo que compartirnos.

Y no lo es.

He empezado a pensar que quizás el verdadero problema no sea que los seres humanos no sepamos vincularnos. Quizás el problema sea que esperamos que exista una norma universal para hacerlo. Una receta, una técnica, una cantidad correcta de mensajes, una proporción adecuada de interés, una forma correcta de demostrar afecto. Los gurús de las relaciones tienen respuestas para todo. Cómo caer bien, cómo hacer amigos, cómo parecer interesante, cómo ser irresistible, cómo mantener vínculos. Pero sospecho que la experiencia humana de acompañar a otro no tiene protocolos establecidos.

Sencillamente, cada uno acompaña como puede. Cada uno entrega desde aquello que tiene disponible dentro. Y eso significa que quizás una de las formas más dolorosas de madurar sea aceptar que algunas personas no pueden darnos aquello que necesitamos, no porque sean malas, no porque nosotros seamos demasiado, sino porque simplemente no lo tienen para ofrecer.

Y quizás la palabra "intensidad" también haya sido injustamente utilizada, tal vez no siempre fui demasiado intensa, tal vez, algunas veces, simplemente fui intensa para personas que necesitaban menos, y quizás ellos fueron demasiado distantes para alguien que necesitaba más.

No necesariamente hubo un culpable, quizás hubo incompatibilidad.

Lo difícil es que cuando una persona ha sido rechazada muchas veces, la incompatibilidad comienza a sentirse como defecto, y entonces uno empieza a preguntarse si debería disminuirse. Hablar menos. Sentir menos. Esperar menos. Necesitar menos. Ser menos.

Hasta convertirse en una versión de sí misma que finalmente resulte fácil de querer. Pero ya no quiero hacer eso. No quiero dejar de ser quien soy para evitar que alguien se vaya.

Quizás quiero aprender algo diferente, quiero aprender que no todo el mundo merece mi capa más interna, que pertenecer no significa ser aceptada por todos, que una amistad no se mide por cuánto tiempo permanece, sino también por la calidad del lugar que ocupa mientras existe, que alguien puede acompañarme durante una etapa y no por eso haber sido falso, que algunos vínculos terminan sin que eso convierta retrospectivamente todo lo vivido en una mentira.

Y, sobre todo, quiero aprender a distinguir entre estar sola y estar excluida. Porque quizás no son lo mismo. Quizás también exista una forma de soledad que no es fracaso, sino selección. Una pausa. Un espacio donde uno deja de perseguir pertenencias y comienza, lentamente, a construirlas de otra manera. 

Creo que hoy puedo imaginar la posibilidad de un vínculo más real.


No sé todavía cómo se siente.

No sé si voy a reconocerlo cuando aparezca.

Probablemente la desconfianza venga conmigo.

Probablemente el miedo también.

Quizás mire cada palabra dos veces.

Quizás dude.

Quizás me cueste creer que alguien pueda quedarse sin estar esperando encontrar mi defecto.

Pero hay algo que empieza a cambiar.


Ya no quiero encontrar personas que me prometan una amistad perfecta. Quiero encontrar personas con las que pueda existir. Personas que puedan decirme "esto no puedo darte" sin que eso signifique abandono. Personas que puedan conocer mis partes difíciles sin convertirlas en evidencia en mi contra. Personas que no necesiten idealizarme para quererme. Y quizás yo también tenga que aprender a hacer lo mismo. Dejar de idealizar. Dejar de exigir que el otro sienta exactamente como yo. Dejar de confundir profundidad con reciprocidad absoluta. Dar a cada persona el lugar que realmente puede ocupar.

Y aceptar que quizás nunca exista esa amistad completamente genuina que durante tantos años imaginé.

O quizás sí.

No lo sé.

Tengo más dudas que certezas.

Pero por primera vez, esa incertidumbre no me parece solamente una amenaza.

Quizás también sea una posibilidad.

Tal vez pertenecer no sea encontrar una tribu que nos acepte exactamente como somos.

Tal vez sea encontrar, poco a poco, a aquellas personas frente a las cuales no tengamos que dejar de serlo.

Y quizá eso sea mucho más parecido a una amistad real.

No una promesa de para siempre.

No una complicidad perfecta.

No una intensidad compartida al milímetro.

Simplemente dos seres humanos diciendo:


"Yo no veo el amanecer exactamente como vos."

"Pero quiero quedarme un rato para verlo juntos."



Con cariño,


SMAG

martes, 18 de agosto de 2026

ODA a los que sostienen

 

ODA A LOS QUE SOSTIENEN

A quienes hacen de su humanidad una forma de oficio

He quedado pensando en las palabras de una persona;
después de atravesar una terrible tormenta de su cuerpo:

“No quiero volver a la urgencia.
Tampoco quiero volver a mi casa.
Quiero quedarme en tu consultorio.
Aquí me siento segura.”

Y entonces comprendí, una vez más,
que la seguridad también es medicina.

Que hay dolores que no se curan con recetas,
ni con diagnósticos,
ni con nombres precisos para aquello que duele.

Hay dolores que, por un instante,
solo necesitan un lugar donde no tener que defenderse.

Y ella eligió el mío.

No supe qué hacer con el peso de esas palabras.

¿Cómo agradecer
que alguien deposite su vulnerabilidad
entre tus manos
sin que tus propias manos tiemblen?

Porque acompañar también es esto:

sentir la gratitud
y sentir el miedo.

Sentir el privilegio
y sentir el peso.

Tomar decisiones
mientras una pequeña puntada atraviesa el pecho,
esa extraña geografía donde las emociones,
cuando son demasiado grandes,
parecen quedarse atascadas
entre el alma y el cuerpo.

Nos enseñan a sostener.

A escuchar.

A observar.

A intervenir.

A construir espacios seguros
para quienes llegan con el mundo hecho pedazos.

Pero nadie nos enseña del todo
qué hacer con aquello que queda en nosotros
cuando la puerta del consultorio se cierra.

Porque también somos humanos.

Humanos que lloran.

Que dudan.

Que se equivocan.

Que regresan a casa
y repasan una conversación en la oscuridad:

¿Habrá sido suficiente?
¿Debí decir otra cosa?
¿Pude haberlo hecho mejor?
¿La escuché realmente?

Y el miedo recorre el cuerpo
como un escalofrío que sube desde los pies hasta el cuello:

el miedo de fallar,
de equivocarse,
de decepcionar,
de no llegar a tiempo
a una vida que confió en nosotros.

Y, sin embargo,
al día siguiente volvemos.

Volvemos con nuestros propios cansancios,
con nuestras pequeñas derrotas,
con nuestras dudas cuidadosamente guardadas
detrás de una puerta.

Volvemos.

Y escuchamos.

Y preguntamos.

Y esperamos.

Y aprendemos.

Porque quizá la grandeza de quienes trabajan en Salud Mental (de aquellos renegados que lo han hecho por el simple hecho de saber que están verdaderamente hechos para ello)
no esté en haber aprendido a no sentir.

Quizá esté exactamente en lo contrario:

en haber aprendido a sentir
sin permitir que el dolor del otro
nos convierta en piedra.

En haber curtido la piel
sin endurecer el corazón.

En haber aprendido a mirar el sufrimiento
sin apartar los ojos.

En comprender que la empatía
no significa hundirse con quien se hunde,
sino aprender a entrar en el agua
sin olvidar dónde está la orilla.

Somos, algunas veces, anclas.

Otras veces, faros.

Y algunas noches,
apenas una pequeña luz encendida
en medio de una habitación oscura.

Pero incluso los faros necesitan aceite.

Incluso las anclas necesitan un fondo donde descansar.

Incluso quienes sostienen
necesitan, alguna vez,
que alguien les sostenga la mano.

Por eso esta noche
solo puedo abrazarme.

Porque en el otro
soy yo la que abraza.

Y este templo que es mi ser
también necesita sentirse seguro
para poder ofrecer seguridad.

Mi humanidad no es un defecto.

Esta pequeña humanidad mía
que siente demasiado,
que se conmueve,
que llora a escondidas,
que se lleva algunas historias a casa
aunque sabe que debería dejarlas en el consultorio
.

¿Qué hago con ella?

¿Qué hago con todo lo que escucho?

¿Dónde pongo las historias
que no caben en una jornada laboral?

¿Dónde descanso
cuando el dolor de tantos
parece quedarse viviendo un rato
dentro de mi propia piel?

Tal vez no haya que hacer nada con ella.

Tal vez haya que honrarla.

Porque esa humanidad
es también la que nos permite mirar a otro ser humano
y decirle, sin decirlo:

Te veo.

No tienes que atravesar esto completamente solo.

Puedes descansar aquí un momento.

Y si alguna vez he de coleccionar fracasos,
si la vida me obliga a guardar
mis errores en alguna habitación de la memoria,

espero que nunca exista entre ellos
el fracaso de haber conversado con otra alma
y que esa alma se haya marchado
sin sentirse escuchada.

Porque quizá no podamos salvar a todos.

Quizá no podamos evitar todos los abismos.

Quizá algunas veces
nuestras palabras lleguen tarde,
o sean torpes,
o insuficientes.

Pero podemos escuchar.

Podemos permanecer.

Podemos aprender.

Podemos volver a intentarlo.

Y quizá eso también sea una forma de amor.

Así que, querido Dios,
si me es permitido pedir algo esta noche,

no me hagas invulnerable.

No me quites esta capacidad de sentir.

Solo enséñame a sostenerla.

Si yo sostengo a tantos
a pesar de mis débiles fuerzas,
extiéndeme tu mano.

Si yo soy el bote
en el que otros atraviesan sus tempestades,
sé tú las cadenas que lo mantienen firme.

Si yo soy el faro
que intenta iluminar tantas noches oscuras,
sé tú el aceite
que mantenga encendida mi llama.

Guía mis palabras.

Aquieta mis manos.

Enséñame cuándo hablar
y cuándo simplemente permanecer.

Y cuando sienta que se acaban mis fuerzas,
dame las tuyas.

Porque tú conoces mis propias luchas.

Conoces mis noches.

Conoces mi vulnerabilidad.

Y sabes que no puedo sostener esto sola.

Nadie debería hacerlo.

Por eso, para quienes curamos,
para quienes escuchamos,
para quienes acompañamos,
para quienes abrimos una puerta
y ofrecemos una silla
cuando alguien ya no sabe dónde sentarse:

que nunca confundamos fortaleza con dureza.

Que nunca llamemos profesionalismo
a dejar de sentir.

Que nunca nos avergoncemos
de necesitar también un lugar seguro.

Que podamos cuidar sin desaparecer.

Que podamos empatizar sin ahogarnos.

Que podamos acompañar sin olvidarnos de volver a casa
dentro de nosotros mismos.

Y que, cuando una persona nos diga:

“Aquí me siento segura”,

recordemos el enorme honor
y la enorme responsabilidad
que existe en esas palabras.

Porque quizá nuestro trabajo
no sea construir vidas perfectas.

Quizá sea algo mucho más humilde.

Ser presencia
cuando alguien siente que todo se desmorona.

Prestar calma
cuando el otro todavía no puede encontrar la suya.

Sostener una mano
hasta que vuelva a tener fuerzas para sostenerse sola.

Y entonces, cuando la puerta se cierre,
cuando termine la jornada,
cuando queden los silencios
y las preguntas
y esa pequeña puntada en el pecho,

recordarnos:

también somos alguien a quien cuidar.

Y si alguna vez me preguntan
qué hice con toda esta humanidad que me desborda,

quizá pueda responder:

la convertí en oficio.

La convertí en escucha.

En presencia.

En refugio.

En una obra imperfecta,
pero profundamente humana.

Y si hay algo que pudiera ofrecer a cambio
de cada alma que alguna vez confió en mis manos,

sería solamente esto:

prometer que seguiré aprendiendo.

Que seguiré intentando hacerlo mejor.

Que cuidaré de mí
para poder cuidar de otros.

Y que haré de mi trabajo,
con todas mis limitaciones,
con todos mis temores,
con todas mis pequeñas fuerzas,

una obra hermosa
que permita a otros continuar.

domingo, 12 de julio de 2026

Sobre el ego, y las trampas de la identidad construida.

 Según el DRAE, EGO, Del lat. ego 'yo'.

m. Psicol. En el psicoanálisis de Freud, instancia psíquica que se reconoce como yo, parcialmente consciente, que controla la motilidad y media entre los instintos del ello, los ideales del superego y la realidad del mundo exterior.

Si el significado etimológico, del latín, es el ''yo'', podríamos entender por ego, a la percepción que tiene el sujeto sobre sí mismo, y ese yo que interactúa con el medio que lo rodea. 

No obstante, si intentáramos que el sujeto defina su ''yo'', comienza un choque frontal con el verdadero significado de éste, porque inmediatamente, o hasta inconsciente de sí, responderían algunos, el ''hacer'', o el oficio al cual se dedica, otros responderían con las pasiones que dominan sus ratos libres, pero ninguna de ellas terminaría por definir por completo la identidad a la que responden todos los dias, y esta ''parcial consciencia'' a la que se refiere el psicoanálisis, que media entre los instintos y los ideales. 

Entonces comienza la confrontación con la identidad construida del ''ego'', es decir, ¿qué es lo que hace que yo sea quien creo que soy, es la imagen reflejada del otro, cuando habla sobre mis virtudes, valores, cualidades, y defectos, es a caso la narrativa histórica de mi ciclo vital, con sus aprendizajes y desaciertos, y en medio de eso la voz de mis tutores que impregnaron de su propio ''yo'', al mío?, ¿es el nombre, basta con esa designación o etiqueta verbal que se otorgó al nacer (de la cual no fui llamada a elección) para nominarme como existente, tangible, visible, y no solo indentificarme, darme ''una identidad''. Si respondemos a un nombre del cual no fuimos invitados a elección, entonces basta con esa ''identidad asumida'' para definir nuestra identidad? 

En medio de esas nebulosas de preguntas, no del todas resueltas, surgieron algunas respuestas, que no son verdades asumidas, y aclaro esto para que el lector no se confunda pensando que esto data de una exhaustiva investigación, es solo una invitación a mi medio interno y mis pensamientos, entendí como muchos otros humanos probablemente hace miles de años atrás, que pensaron lo mismo (porque aunque no queramos asumirlo, las mismas preguntas, y respuestas parciales, fueron pensadas por otros humanos como nosotros), estaba enamorada de este ego, o este yo que es una identidad que fue construida, mucho antes de mi existencia, desde mi ubicación geográfica en el mapa, la cuna donde nací, los valores que me enseñaron que son aquellos por los que debo luchar, entonces esta identidad, se fue construyendo, y yo la fui abrazando, protegiendo, porque pensé que justificaba mi existencia y valía. 

No obstante, este mismo ''yo'', causaba dolor, cuando percibía agravios, desvanes, indiferencia, o desafíos a sí, y lo mas llamativo, es que en ese preciso momento, no terminaba por definir lo que era el ''yo'', y donde empezaba los límites y finales de sí, fue sencillo asociarlo al valor que medían otros de mi misma, y el ''yo'' se volvía cada vez mas difuso, un mosaico de muchas piezas que me pertenecían, pero me impresionaban ajenas.

Como el ''yo'', fue confundido con muchas cosas, tuvo que limitarse a lo que socialmente era reconocido y valioso, para confirmar su existencia, y su paso en este momento histórico, y entendía que habían muchos otros ''yo'' de los demás, algunos muy enamorados de esos conceptos, otros limitados en cuadriláteros de lo que sostienen esa identidad, algunos gritaban cuando se sentían amenazados a desaparecer. 

Me centre en el reconocimiento que daban los otros del ''yo'',  no entendía como algunos ''yo'', se encontraban complacidos en su existencia, y otros parecían vivir en una amenaza constante, que hacía tan diferente entre unos y otros, ¿era entonces el problema realmente el ego?

Lo que observe, es que existen aquellos que buscan el reconocimiento de su ''yo'', en los demás, necesitan que le recuerden quienes son, y aunque por ser seres sociales, necesitamos la construcción de esta vinculación para formar una parte de nuestra identidad, definirla solo por estos parámetros, es como responder a la pregunta del ''yo'', con el ''hacer'', no somos solo lo que hacemos, somos el infinito de posibilidades que sucede antes de nuestra existencia, durante, y el después, pero cuando quien soy, esta atravesado por la mirada del otro, para obtener el reconocimiento de nuestra existencia, el ego grita. A veces olvidamos que no necesitamos el reconocimiento para nuestra existencia, existimos, vivimos, pasamos por este espacio temporal.

Entender que, así como no pedimos permiso para nuestra existencia, no requiere ser validada para ser real, y los límites que construimos de lo que llamamos ''identidad'', son nuestros (y siendo más sinceros, de la medida de nuestras posibilidades), pero existe en cada uno el infinito de posibilidades. 

Adentrados en estos conceptos, les dejo los apuntes, que tome en las notas de mi chat de Whatssap, sobre lo que derivó de este pensamiento; 


Atte;

Solo, Sofía

15:36
No regalar la reacción que provoca una emoción al otro. Cuando vos reaccionas, le das el otro el poder de darte el reconocimiento de tu existencia, vos dejas de ser "yo" necesitas que el otro te diga quien sos

lunes, 1 de junio de 2026

¿Quién fue?

 Quede con una idea en la mente casi fijada tras leer respecto a cómo desde pequeños, nos ''escriben nuestra historia o guión vital'', sobre el concepto de que ''lo que conocemos necesitó que alguien nos mostrara''; estas entre otras ideas, y la influencia que tiene nuestro entorno en nuestras primeras vinculaciones, aspiraciones, nuestra forma de vincularnos con el mundo, me ha llevado a preguntarme, ¿Quién me mostró a mi que escribiera?, es decir solo tenía 9 años, cuando me lancé a esta aventura, casi sin saberlo terapéutica, y a la vez salvadora, de convertirme en la ''creadora'' de mi mundo interno en unos versos, un lapiz, un papel, y que luego se digitalizó en las computadoras. En concepto sé que me enseñaron a escribir en los primeros años de colegio, pero quién, me mostró esta opción, y camino de vida, como un faro en los momentos de soledad, tristeza, reflexión, cuando ''pienso sobre mi pensamiento'', cuando no encuentro las suficientes respuestas que estoy buscando con el solo eco de mis ideas. Como la memoria es tan falible, y modificable, no puedo asegurar que esto que les contaré sea real, capaz en esencia esta sujeto al afecto que he tenido por aquellos que mencionaré. 

Mientras meditaba, con notable esfuerzo mental, lejos de lo esperado, que se dibujasen los rostros de mis padres, apareció el rostro de quién menos pensaba, mi tío, el hermano de mi mamá, inmediatamente esa idea me genero duda, es decir, imaginense esta situación, había sufrido para su desgracia, un accidente automovolístico cuando yo tenía 2 años, quedando cuadripléjico, hasta mis 12 años, cuando finalmente le fue permitido descansar de esa situación, no obstante, recordé, que muy a pesar de su temperamento, el siempre había sido amable conmigo, me enseño a jugar ajedrez, recuerdo que solíamos apostar en un juego de azar que llaman ''Quinela'' en mi país, y por un momento lo recordé, una vez el dijo, ''Hija, yo voy a escribir un libro de mi historia'', creo que ese deseo, humano de perpetuar nuestra identidad de alguna forma trascedental, que recuerde a quienes continúan quienes fuimos, es un sueño permanente en todos los seres humanos, pero, tampoco fue esa frase, lo que capaz, encendió una llama en mí, fue el acto heroíco de verle varios días, sostener un pincel grueso, y con una letra, ininteligible, disponerse a escribir, las manos las tenía rigidas, y comprenderán que es secuela neurológica de la lesión,  las tenía como lo que conocemos en medicina, ''mano en garra'', por lo que sostener el pincel, y garabatear, sus pensamientos, habra sido un desafío. 

Recuerdo ofrecerme reiteradas veces a ayudarlo, pero ese era su proceso, e imagino que dentro de su temperamento, y terquedad, la ayuda que venía de mi, era dificil de aceptar. El no lo sabe, no logró escribir su libro, pero si logró dejarme una huella profunda observando su resistencia. 

En efecto, la escritura me ha acompañado en diferentes etapas, y ha sido una recompensa en la mayoría de ellas, recuerdo que mi madre, antes de saber mis resultados acadèmicos, preparaba una nota escrita a computadora o a mano (tenía dislexia, entonces solía colocar al revès unas letras, en ese momento no lo entendía, ahora lo comprendo, no había forma de dudar por ello, que era de su autoría), y colocaba con su labial un beso al final de la nota, sus mensajes siempre eran alentadores, sin importar el resultado, aunque estoy segura, que no existió, ni existirá nadie más, que confie tanto en mi, como ella, no había mayor refuerzo, que aquella nota que hasta ahora atesoro, aún mas en su ausencia. A esto me refiero, en como la escritura me ha atravesado el alma.

Pero quien, escribe en demasía, es mi padre, quién se había enfocado en mi adolescencia, a dejarme en claro, el decálogo de prioridades en la vida, y cargando el sin saber, quizás, con la enorme responsabilidad de mi cuidado, hasta la fecha, sea en sus momentos de alegría, o cuando tiene algo que sugerirme, tiene las palabras correctas para expresar aquello que piensa o siente, destaco su oratoria, pero reconozco, que prefiero sus letras. 

Entonces meditando dije, que además, en esta red de personas, aparecieron, tutores, docentes, amigos, que me habian entregado cartas, notas, unas palabras de aliento, una confesión, un consejo, pero siempre estuvo ahi, ''la escritura'', como mediadora, como guía, como ancla, como puente. 

Agradezco tanto, a todos, la oportunidad de habitar hoy, esta esencia mía, no puedo sino sentirme màs afortunada, por cada una de las personas que cruzaron mi camino, y por el don, de poder compartir, estas palabras.


Sofìa Alvarenga Giosa

jueves, 23 de abril de 2026

Humano

 Incógnitas, 

Temo que la muerte al fin me reclame

las vidas que a su sombra le he arrebatado.


Temo que, al conocer bien mis temores,

disponga con exactitud mi forma,

la forma (casi absurda) de morir.


Que no responda al eco de mi mente,

que abrazarme al sentido no baste.


Temo que me sorprenda en el descuido,

desnuda en una noche sin consuelo,

en la ausencia callada de lo amado,

en el fracaso y filo de la vergüenza.


Conocida y lejana, ella persiste:

sabe que lo humano no me es ajeno.

Nunca se ha ido; habita entre mis sombras.


La encuentro en el dolor que abraza a otros,

cuando hago de su herida territorio,

cuando negocio formas diferentes de amar la vida.


La muerte me contempla: es paciente,

como una exacta y fría vendetta.


Y sé que no tendré más argumento

que esta verdad brutal que me sostiene:

soy, sin defensa, terriblemente humana,

en el pienso y  el siento.


Por eso, cuando al fin nos encontremos,

querida muerte, no daré batalla:

todo lo vivo, al cabo, llega a ti.


Tan solo espero, antes de ese día,

haber hallado el pulso de mis días,

una razón profunda de habitarlos,


y comprender entonces, sin refugio, 

la gracia y la condena de este ser:

haber sido, hasta el último latido,

terriblemente humana ante tu augurio.


Sofía Alvarenga Giosa

sábado, 27 de diciembre de 2025

El mito de la caverna, ¿un mito antiguo, o el espejo más actual?

 Platón levanta un escenario ontológico, epistemológico y ético a la vez: una mapa de cómo el ser humano habita la ignorancia, como puede salir de ella y por qué, paradójicamente, suele resistirse a hacerlo.

Imagina (dice Platón), a un grupo de hombres encadenados desde su nacimiento en el fondo de una caverna, no están atados por la fuerza bruta únicamente, sino por algo más sutil, la costumbre (o aquí incluyo mi propia interpretación, quizás sus propias cadenas, aquello que no se permiten a sí mismos descubrir, una verdad quizás terriblemente dolorosa de enfrentar, o sus propias carencias e ignorancia). Sus cadenas les impiden girar la cabeza; su mundo es un muro. Detrás de ellos, un fuego. Entre el fuego y sus cuerpos, objetos ( y aquí el detalle que Platón ya hace 420 a.C nos los describió claramente) que otros hombres transportan. Lo único que los prisioneros ven son sombras proyectadas en la pared: siluetas mudas que se mueven y cambian, y surge la primera pregunta: ¿Entonces toda la realidad que aquellos hombres y sus cadenas, se limitaba a lo que podían observar como sombras en la pared?;  y lo que aún más nos interpela, ¿ésta realidad dirigida como el titiritero a una marioneta, estaba manipulada a la voluntad de otros quienes dirigían lo que para estos prisioneros defendían como realidad y ''verdad''?. Para los prisioneros estas sombras son la realidad, porque no conocen otra cosa. Aquí Platón introduce su primer gesto técnico: la caverna representa el mundo sensible, el ámbito de la dóxa, la opinión, creencia. No es mentira deliberada, es conocimiento incompleto, fragmentario, dependiente de los sentidos, de la tradición, las sombras en cuestión, son insuficientes. Y me sobreviene otra pregunta ¿A caso esta ''verdad'' a medias, fragmentada, quizás hasta ''manipulada a la subjetividad de los sentidos, incierta sobre el mundo sensible'', no podría ser aún más perjudicial?.


Dolor, luz y desgarro

Ahora Platón nos lleva a imaginar lo ''impensable'', uno de los prisioneros es liberado, no celebra, no agradece, su liberación duele. Girar el cuello lastima, la luz del fuego hiere los ojos, el mundo que emerge no se revela como promesa, sino como amenaza. Este momento es crucial, el conocimiento, no es placentero al inicio, la paideia; la educación del alma, es un proceso de desacostumbramiento , de ruptura con lo familiar, al liberado puede impresionarle al inicio que las sombras son más nítidas que los objetos reales, e intentar aferrarse a ellas, aqui Platón diagnostica algo profundamente humano: preferimos la coherencia falsa a la verdad desestabilizadora.

Pero el ascenso continúa, el sol no es solo una fuente de luz, es la condición de posibilidad del conocimiento y del ser, así como permite ver los objetos, permite que las ideas sean interpretadas, es el sentido del ''bien en sí''.

El retorno: la tragedia del que ve

El liberado vuelve a la caverna, no lo hace por soberbia, sino por responsabilidad, ha visto más y por tanto debe regresar, pero sus ojos ya no se adaptan a la oscuridad, tropieza, duda, parece torpe, cuando intenta explicar que las sombras no son lo real, lo acusan de haber sido dañado por la luz, si insiste, dice Platón, que incluso lo matarían.

Esta es una realidad, una alegoría ética y política, Platón nos revela una incomodidad: las sociedades pueden organizarse alrededor de las sombras y defenderlas con violencia. No nos pregunta si estamos en la caverna (porque es el punto de partida de todos); nos desafía a algo más inquietante:

Si la verdad doliera: ¿querríamos realmente verla?; ¿entendemos cuales son las sombras que vemos, las cadenas que no nos permiten girar la cabeza para ver quienes está detrás manejando el show, estariamos listos para sobrellevar aquellas verdades que puedan resultar difíciles de transitar para deshabituarnos? Y es así como, la caverna deja de ser un mito antiguo y se convierte en un espejo.


SMAG-

lunes, 15 de diciembre de 2025

Reflexiones y algo más...

Estoy cerrando mis días de vacaciones.
Pronto regreso al ruido de la rutina cotidiana.

A los pasillos llenos de historias ajenas,
a las solicitudes de “una recetita de Alpra nomás, Doc”
—por favor, que esto algún día cambie—.
A forcejear con un sistema corroído,
a los malabares imposibles entre la tesis, la docencia,
los roles familiares, los vínculos sociales,
las responsabilidades que nunca descansan.

Doce días de pausa
para los siguientes trescientos cincuenta y tres de trabajo.
Pasaron volando.

Y, sin embargo, creo que donde más aprendí
no fue dentro de los consultorios ni de los hospitales.
Aprendí en cada “bendiciones, Dra”,
en cada “gracias, doctorita” dicho con los ojos húmedos.
Aprendí en el patio de mi casa,
observando la paciencia con la que germinaban mis flores,
cuando esas “malas hierbas” se negaban a abandonar
las grietas del piso
y, aun así, levantaban orgullosas sus colores.

Tal vez el aprendizaje más profundo de este 2025
llegó el día en que frené.
Cuando entendí que darle tiempo al patio
era darme tiempo a mí.
Entonces comenzaron a llegar las visitas inesperadas:
mariposas, polillas, gusanos, colibríes, pájaros.
Y desde ese momento,
nunca más estuve sola.

El mundo exige demasiado.
Yo solo quiero respirar un rato.
Volver a lo esencial.
Creo que no aproveché lo suficiente
cuando sentí el agua correr entre los dedos de mis pies.

Tengo que volver.
Se acercan mis veintinueve años,
pero nadie sabe que ya he vivido más de cien.
Cien años acumulados en cada historia escuchada
detrás de mi escritorio,
en cada abrazo ofrecido,
en cada lágrima secada.
Y quién sabe cuántas más me tocará acompañar.

Lucho contra un sistema que disfraza la mediocridad de “practicidad”,
que premia amistades antes que méritos,
y que confunde comodidad con ética.
Probablemente no pertenezca a ese grupo
ni goce de sus dulzuras.
Pero al mirar hacia atrás,
el camino recorrido no me deja remordimientos.
Me alegra estar del otro lado de la calle.

Gratitud.
Por estar en el camino “equivocado” para algunos.
Eso no anula el dolor.
Pero es una gracia no compartir valores
con quienes transitan el sendero opuesto al mío.
Los veo.
Y no niego que por las noches duele convivir
con cierta calidad humana:
esa que no tiembla al dar falso testimonio,
que ondea su ego como bandera victoriosa,
que antepone intereses personales
a valores profundamente humanos,
que se regocija en el sufrimiento ajeno
y luego llama “karma”
a las consecuencias de sus propios actos.

Gratitud,
porque hoy no caminamos el mismo sendero.

Tengo que volver muy pronto.
Tal vez me cueste frenar otra vez.
Pero cuando lo haga,
espero continuar
de este lado del camino.


Sofía Alvarenga