lunes, 15 de diciembre de 2025

Reflexiones y algo más...

Estoy cerrando mis días de vacaciones.
Pronto regreso al ruido de la rutina cotidiana.

A los pasillos llenos de historias ajenas,
a las solicitudes de “una recetita de Alpra nomás, Doc”
—por favor, que esto algún día cambie—.
A forcejear con un sistema corroído,
a los malabares imposibles entre la tesis, la docencia,
los roles familiares, los vínculos sociales,
las responsabilidades que nunca descansan.

Doce días de pausa
para los siguientes trescientos cincuenta y tres de trabajo.
Pasaron volando.

Y, sin embargo, creo que donde más aprendí
no fue dentro de los consultorios ni de los hospitales.
Aprendí en cada “bendiciones, Dra”,
en cada “gracias, doctorita” dicho con los ojos húmedos.
Aprendí en el patio de mi casa,
observando la paciencia con la que germinaban mis flores,
cuando esas “malas hierbas” se negaban a abandonar
las grietas del piso
y, aun así, levantaban orgullosas sus colores.

Tal vez el aprendizaje más profundo de este 2025
llegó el día en que frené.
Cuando entendí que darle tiempo al patio
era darme tiempo a mí.
Entonces comenzaron a llegar las visitas inesperadas:
mariposas, polillas, gusanos, colibríes, pájaros.
Y desde ese momento,
nunca más estuve sola.

El mundo exige demasiado.
Yo solo quiero respirar un rato.
Volver a lo esencial.
Creo que no aproveché lo suficiente
cuando sentí el agua correr entre los dedos de mis pies.

Tengo que volver.
Se acercan mis veintinueve años,
pero nadie sabe que ya he vivido más de cien.
Cien años acumulados en cada historia escuchada
detrás de mi escritorio,
en cada abrazo ofrecido,
en cada lágrima secada.
Y quién sabe cuántas más me tocará acompañar.

Lucho contra un sistema que disfraza la mediocridad de “practicidad”,
que premia amistades antes que méritos,
y que confunde comodidad con ética.
Probablemente no pertenezca a ese grupo
ni goce de sus dulzuras.
Pero al mirar hacia atrás,
el camino recorrido no me deja remordimientos.
Me alegra estar del otro lado de la calle.

Gratitud.
Por estar en el camino “equivocado” para algunos.
Eso no anula el dolor.
Pero es una gracia no compartir valores
con quienes transitan el sendero opuesto al mío.
Los veo.
Y no niego que por las noches duele convivir
con cierta calidad humana:
esa que no tiembla al dar falso testimonio,
que ondea su ego como bandera victoriosa,
que antepone intereses personales
a valores profundamente humanos,
que se regocija en el sufrimiento ajeno
y luego llama “karma”
a las consecuencias de sus propios actos.

Gratitud,
porque hoy no caminamos el mismo sendero.

Tengo que volver muy pronto.
Tal vez me cueste frenar otra vez.
Pero cuando lo haga,
espero continuar
de este lado del camino.


Sofía Alvarenga


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