Incógnitas,
Temo que la muerte al fin me reclame
las vidas que a su sombra le he arrebatado.
Temo que, al conocer bien mis temores,
disponga con exactitud mi forma,
la forma (casi absurda) de morir.
Que no responda al eco de mi mente,
que abrazarme al sentido no baste.
Temo que me sorprenda en el descuido,
desnuda en una noche sin consuelo,
en la ausencia callada de lo amado,
en el fracaso y filo de la vergüenza.
Conocida y lejana, ella persiste:
sabe que lo humano no me es ajeno.
Nunca se ha ido; habita entre mis sombras.
La encuentro en el dolor que abraza a otros,
cuando hago de su herida territorio,
cuando negocio formas diferentes de amar la vida.
La muerte me contempla: es paciente,
como una exacta y fría vendetta.
Y sé que no tendré más argumento
que esta verdad brutal que me sostiene:
soy, sin defensa, terriblemente humana,
en el pienso y el siento.
Por eso, cuando al fin nos encontremos,
querida muerte, no daré batalla:
todo lo vivo, al cabo, llega a ti.
Tan solo espero, antes de ese día,
haber hallado el pulso de mis días,
una razón profunda de habitarlos,
y comprender entonces, sin refugio,
la gracia y la condena de este ser:
haber sido, hasta el último latido,
terriblemente humana ante tu augurio.
Sofía Alvarenga Giosa
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