ODA A LOS QUE SOSTIENEN
A quienes hacen de su humanidad una forma de oficio
He quedado pensando en las palabras de una persona;
después de atravesar una terrible tormenta de su cuerpo:
“No quiero volver a la urgencia.
Tampoco quiero volver a mi casa.
Quiero quedarme en tu consultorio.
Aquí me siento segura.”
Y entonces comprendí, una vez más,
que la seguridad también es medicina.
Que hay dolores que no se curan con recetas,
ni con diagnósticos,
ni con nombres precisos para aquello que duele.
Hay dolores que, por un instante,
solo necesitan un lugar donde no tener que defenderse.
Y ella eligió el mío.
No supe qué hacer con el peso de esas palabras.
¿Cómo agradecer
que alguien deposite su vulnerabilidad
entre tus manos
sin que tus propias manos tiemblen?
Porque acompañar también es esto:
sentir la gratitud
y sentir el miedo.
Sentir el privilegio
y sentir el peso.
Tomar decisiones
mientras una pequeña puntada atraviesa el pecho,
esa extraña geografía donde las emociones,
cuando son demasiado grandes,
parecen quedarse atascadas
entre el alma y el cuerpo.
Nos enseñan a sostener.
A escuchar.
A observar.
A intervenir.
A construir espacios seguros
para quienes llegan con el mundo hecho pedazos.
Pero nadie nos enseña del todo
qué hacer con aquello que queda en nosotros
cuando la puerta del consultorio se cierra.
Porque también somos humanos.
Humanos que lloran.
Que dudan.
Que se equivocan.
Que regresan a casa
y repasan una conversación en la oscuridad:
¿Habrá sido suficiente?
¿Debí decir otra cosa?
¿Pude haberlo hecho mejor?
¿La escuché realmente?
Y el miedo recorre el cuerpo
como un escalofrío que sube desde los pies hasta el cuello:
el miedo de fallar,
de equivocarse,
de decepcionar,
de no llegar a tiempo
a una vida que confió en nosotros.
Y, sin embargo,
al día siguiente volvemos.
Volvemos con nuestros propios cansancios,
con nuestras pequeñas derrotas,
con nuestras dudas cuidadosamente guardadas
detrás de una puerta.
Volvemos.
Y escuchamos.
Y preguntamos.
Y esperamos.
Y aprendemos.
Porque quizá la grandeza de quienes trabajan en Salud Mental (de aquellos renegados que lo han hecho por el simple hecho de saber que están verdaderamente hechos para ello)
no esté en haber aprendido a no sentir.
Quizá esté exactamente en lo contrario:
en haber aprendido a sentir
sin permitir que el dolor del otro
nos convierta en piedra.
En haber curtido la piel
sin endurecer el corazón.
En haber aprendido a mirar el sufrimiento
sin apartar los ojos.
En comprender que la empatía
no significa hundirse con quien se hunde,
sino aprender a entrar en el agua
sin olvidar dónde está la orilla.
Somos, algunas veces, anclas.
Otras veces, faros.
Y algunas noches,
apenas una pequeña luz encendida
en medio de una habitación oscura.
Pero incluso los faros necesitan aceite.
Incluso las anclas necesitan un fondo donde descansar.
Incluso quienes sostienen
necesitan, alguna vez,
que alguien les sostenga la mano.
Por eso esta noche
solo puedo abrazarme.
Porque en el otro
soy yo la que abraza.
Y este templo que es mi ser
también necesita sentirse seguro
para poder ofrecer seguridad.
Mi humanidad no es un defecto.
Esta pequeña humanidad mía
que siente demasiado,
que se conmueve,
que llora a escondidas,
que se lleva algunas historias a casa
aunque sabe que debería dejarlas en el consultorio.
¿Qué hago con ella?
¿Qué hago con todo lo que escucho?
¿Dónde pongo las historias
que no caben en una jornada laboral?
¿Dónde descanso
cuando el dolor de tantos
parece quedarse viviendo un rato
dentro de mi propia piel?
Tal vez no haya que hacer nada con ella.
Tal vez haya que honrarla.
Porque esa humanidad
es también la que nos permite mirar a otro ser humano
y decirle, sin decirlo:
Te veo.
No tienes que atravesar esto completamente solo.
Puedes descansar aquí un momento.
Y si alguna vez he de coleccionar fracasos,
si la vida me obliga a guardar
mis errores en alguna habitación de la memoria,
espero que nunca exista entre ellos
el fracaso de haber conversado con otra alma
y que esa alma se haya marchado
sin sentirse escuchada.
Porque quizá no podamos salvar a todos.
Quizá no podamos evitar todos los abismos.
Quizá algunas veces
nuestras palabras lleguen tarde,
o sean torpes,
o insuficientes.
Pero podemos escuchar.
Podemos permanecer.
Podemos aprender.
Podemos volver a intentarlo.
Y quizá eso también sea una forma de amor.
Así que, querido Dios,
si me es permitido pedir algo esta noche,
no me hagas invulnerable.
No me quites esta capacidad de sentir.
Solo enséñame a sostenerla.
Si yo sostengo a tantos
a pesar de mis débiles fuerzas,
extiéndeme tu mano.
Si yo soy el bote
en el que otros atraviesan sus tempestades,
sé tú las cadenas que lo mantienen firme.
Si yo soy el faro
que intenta iluminar tantas noches oscuras,
sé tú el aceite
que mantenga encendida mi llama.
Guía mis palabras.
Aquieta mis manos.
Enséñame cuándo hablar
y cuándo simplemente permanecer.
Y cuando sienta que se acaban mis fuerzas,
dame las tuyas.
Porque tú conoces mis propias luchas.
Conoces mis noches.
Conoces mi vulnerabilidad.
Y sabes que no puedo sostener esto sola.
Nadie debería hacerlo.
Por eso, para quienes curamos,
para quienes escuchamos,
para quienes acompañamos,
para quienes abrimos una puerta
y ofrecemos una silla
cuando alguien ya no sabe dónde sentarse:
que nunca confundamos fortaleza con dureza.
Que nunca llamemos profesionalismo
a dejar de sentir.
Que nunca nos avergoncemos
de necesitar también un lugar seguro.
Que podamos cuidar sin desaparecer.
Que podamos empatizar sin ahogarnos.
Que podamos acompañar sin olvidarnos de volver a casa
dentro de nosotros mismos.
Y que, cuando una persona nos diga:
“Aquí me siento segura”,
recordemos el enorme honor
y la enorme responsabilidad
que existe en esas palabras.
Porque quizá nuestro trabajo
no sea construir vidas perfectas.
Quizá sea algo mucho más humilde.
Ser presencia
cuando alguien siente que todo se desmorona.
Prestar calma
cuando el otro todavía no puede encontrar la suya.
Sostener una mano
hasta que vuelva a tener fuerzas para sostenerse sola.
Y entonces, cuando la puerta se cierre,
cuando termine la jornada,
cuando queden los silencios
y las preguntas
y esa pequeña puntada en el pecho,
recordarnos:
también somos alguien a quien cuidar.
Y si alguna vez me preguntan
qué hice con toda esta humanidad que me desborda,
quizá pueda responder:
la convertí en oficio.
La convertí en escucha.
En presencia.
En refugio.
En una obra imperfecta,
pero profundamente humana.
Y si hay algo que pudiera ofrecer a cambio
de cada alma que alguna vez confió en mis manos,
sería solamente esto:
prometer que seguiré aprendiendo.
Que seguiré intentando hacerlo mejor.
Que cuidaré de mí
para poder cuidar de otros.
Y que haré de mi trabajo,
con todas mis limitaciones,
con todos mis temores,
con todas mis pequeñas fuerzas,
una obra hermosa
que permita a otros continuar.
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