lunes, 7 de septiembre de 2026

Entre dudas y certezas

 Tengo muchas dudas y algunas certezas, aunque últimamente me cuesta distinguir dónde termina una y comienza la otra.

Pienso en esto mientras atravieso, con cierto dolor en el pecho, una pregunta que probablemente me ha acompañado durante buena parte de mi vida: ¿por qué ha sido tan difícil para mí vincularme con otros?

Quizás algún día encuentre allí una explicación para ciertas cosas que siempre sentí distintas, para determinadas intensidades, para algunas formas de percibir el mundo y a los demás. Quizás pueda resignificar episodios enteros de mi historia. Pero hay algo que una explicación no puede hacer. No puede borrar el dolor.

No puede hacer desaparecer el bullying de la infancia, ni las amistades que alguna vez parecieron eternas y terminaron porque yo era "demasiado intensa", porque sentía el vínculo de una manera que el otro no podía o no quería sentirlo, o porque esperaba de una amistad una profundidad que quizá aquella persona nunca había prometido.

Tampoco puede borrar esa experiencia particularmente dolorosa de descubrir que alguien decía admirarte, quererte o valorarte, pero que, en realidad, parecía estar esperando encontrar tus fallas. Como si la admiración hubiera sido apenas una forma sofisticada de observación. Como si necesitaran acercarse lo suficiente para encontrar aquello que les permitiera, finalmente, decirse a sí mismos: "Sabía luego que era así."

Y quizás una de las cosas que más me duelen es esta:

En casi treinta años de vida, me ha tocado despedir más vínculos, que construirlos. No digo que nadie me haya querido. No digo que todo haya sido mentira.

Digo que pocas veces he sentido que alguien se acercaba a mí sin condiciones ocultas, sin expectativas que yo desconocía, sin esa sensación de estar siendo evaluada mientras creía estar siendo querida.

Y cuando una historia así se repite suficientes veces, algo dentro de uno aprende.

Aprende a desconfiar. Aprende a leer demasiado. Aprende a buscar el momento exacto en que el afecto va a transformarse en decepción.

Aprende a preguntarse, incluso frente a una palabra amable:

"¿Qué habrá detrás de esto?"

Y entonces aparece una contradicción terrible: deseo profundamente la intimidad, pero temo profundamente sus consecuencias. Quiero pertenecer, pero tengo miedo de ser expulsada. Quiero mostrarme, pero temo que aquello que muestre sea utilizado algún día en mi contra (como lo ha sido tantas veces).

Quiero una amistad real, pero una parte de mí permanece en la puerta, observando, esperando descubrir la grieta. Quizás esto tenga algo de biológico.

Hace mucho tiempo, antes de que nuestra especie aprendiera a construir ciudades, escribir libros o inventar explicaciones sofisticadas sobre sí misma, pertenecer a una tribu no era una metáfora. Era supervivencia.

Ser rechazado podía significar no tener acceso a alimento, agua, refugio. Podía significar quedar expuesto a depredadores, a otras tribus, al frío, al hambre. El grupo protegía, alimentaba y permitía sobrevivir. Tal vez por eso el rechazo social todavía duele de una manera tan desproporcionada.

Quizás nuestro cerebro siga entendiendo algunas formas de exclusión como si fueran una amenaza mucho más antigua que nosotros mismos. Y entonces me pregunto si no hemos construido una enorme paradoja alrededor de algo tan primitivo.

Somos seres sociales, pero nadie nos enseñó realmente a relacionarnos.

Nos enseñaron a agradar. A ser interesantes. A ser deseables. A tener amigos. A pertenecer. A ser buenos compañeros. A ser buenas mujeres. A ser buenos hombres.

Pero, nadie nos explicó que una persona puede quererte y no tener capacidad para comprenderte.Que alguien puede admirarte y, al mismo tiempo, no saber sostener tu vulnerabilidad. Que alguien puede ser una buena persona y no ser una buena amistad para vos. Que no todos los vínculos están destinados a alcanzar la misma profundidad.

Y quizás ahí exista una de las mayores confusiones de nuestra educación afectiva: creemos que si alguien entra en nuestra vida, necesariamente debe acceder a todas sus habitaciones.

Pero no. Quizás las personas tengan habitaciones. Y quizás no todos deban entrar a todas. Hay personas para conversar. Personas para reír. Personas para compartir una etapa. Personas para trabajar. Personas para amar. Personas para caminar un trecho.

Y quizás, solamente algunas, muy pocas, puedan conocer esa habitación donde guardamos aquello que más nos importa.

No creo que eso signifique esconder quiénes somos. Al contrario. Quizás madurar sea dejar de esconder nuestro yo más profundo, pero aprender a elegir con quién compartirlo.

Porque no todos pueden recibir lo que somos. Y eso no necesariamente habla mal de ellos. Ni necesariamente habla mal de nosotros. Simplemente somos diferentes.

No todos interpretamos el mismo amanecer con la misma intensidad, aunque el amanecer esté disponible para todos. Algunos miran el cielo. Otros observan los colores. Otros sienten el frío de la mañana. Otros apenas registran que está amaneciendo. Y ninguno está necesariamente equivocado.

Nuestra historia modifica aquello que podemos percibir. Nuestros dolores. Nuestros fracasos. Las cosas que nos hicieron felices. Lo que aprendimos del amor. Lo que aprendimos del abandono. Lo que tuvimos que aprender demasiado temprano.

Y quizás también nuestras propias características biológicas, temperamentales, neurológicas, esas diferencias que todavía intentamos comprender y nombrar.

Pienso también en cuánto de todo esto está atravesado por el género. Nos han contado historias distintas sobre cómo debemos relacionarnos. A las mujeres nos enseñaron, muchas veces, una especie de utopía vincular: las amigas para toda la vida, la complicidad absoluta, la disponibilidad permanente, la intimidad casi obligatoria. Nos enseñaron que una amiga verdadera debe saberlo todo, estar siempre, entender siempre, celebrar siempre, perdonar siempre.

Y cuando una mujer siente profundamente, cuando vive los vínculos con intensidad, cuando necesita una conexión que vaya más allá de la superficie, puede terminar creyendo que hay algo defectuoso en ella cuando los demás no responden de la misma manera.

Entonces aparece la desilusión.

"Yo habría hecho eso por vos."

"¿Por qué vos no lo harías por mí?"

Pero quizás esa pregunta esconda otra más difícil:

"¿Por qué esperaba que sintieras como yo?"

A los hombres, en cambio, muchas veces se los educa para no necesitar demasiado al otro. Para resistir. Para no mostrarse vulnerables. Para construir una fortaleza emocional donde solamente determinadas formas de intimidad parecen permitidas. Y quizás por eso también hemos confundido tantas veces la ausencia de conflicto con la existencia de un vínculo profundo. Como si llevarnos bien fuera suficiente. Como si estar juntos significara necesariamente conocernos. Como si compartir tiempo fuera lo mismo que compartirnos.

Y no lo es.

He empezado a pensar que quizás el verdadero problema no sea que los seres humanos no sepamos vincularnos. Quizás el problema sea que esperamos que exista una norma universal para hacerlo. Una receta, una técnica, una cantidad correcta de mensajes, una proporción adecuada de interés, una forma correcta de demostrar afecto. Los gurús de las relaciones tienen respuestas para todo. Cómo caer bien, cómo hacer amigos, cómo parecer interesante, cómo ser irresistible, cómo mantener vínculos. Pero sospecho que la experiencia humana de acompañar a otro no tiene protocolos establecidos.

Sencillamente, cada uno acompaña como puede. Cada uno entrega desde aquello que tiene disponible dentro. Y eso significa que quizás una de las formas más dolorosas de madurar sea aceptar que algunas personas no pueden darnos aquello que necesitamos, no porque sean malas, no porque nosotros seamos demasiado, sino porque simplemente no lo tienen para ofrecer.

Y quizás la palabra "intensidad" también haya sido injustamente utilizada, tal vez no siempre fui demasiado intensa, tal vez, algunas veces, simplemente fui intensa para personas que necesitaban menos, y quizás ellos fueron demasiado distantes para alguien que necesitaba más.

No necesariamente hubo un culpable, quizás hubo incompatibilidad.

Lo difícil es que cuando una persona ha sido rechazada muchas veces, la incompatibilidad comienza a sentirse como defecto, y entonces uno empieza a preguntarse si debería disminuirse. Hablar menos. Sentir menos. Esperar menos. Necesitar menos. Ser menos.

Hasta convertirse en una versión de sí misma que finalmente resulte fácil de querer. Pero ya no quiero hacer eso. No quiero dejar de ser quien soy para evitar que alguien se vaya.

Quizás quiero aprender algo diferente, quiero aprender que no todo el mundo merece mi capa más interna, que pertenecer no significa ser aceptada por todos, que una amistad no se mide por cuánto tiempo permanece, sino también por la calidad del lugar que ocupa mientras existe, que alguien puede acompañarme durante una etapa y no por eso haber sido falso, que algunos vínculos terminan sin que eso convierta retrospectivamente todo lo vivido en una mentira.

Y, sobre todo, quiero aprender a distinguir entre estar sola y estar excluida. Porque quizás no son lo mismo. Quizás también exista una forma de soledad que no es fracaso, sino selección. Una pausa. Un espacio donde uno deja de perseguir pertenencias y comienza, lentamente, a construirlas de otra manera. 

Creo que hoy puedo imaginar la posibilidad de un vínculo más real.


No sé todavía cómo se siente.

No sé si voy a reconocerlo cuando aparezca.

Probablemente la desconfianza venga conmigo.

Probablemente el miedo también.

Quizás mire cada palabra dos veces.

Quizás dude.

Quizás me cueste creer que alguien pueda quedarse sin estar esperando encontrar mi defecto.

Pero hay algo que empieza a cambiar.


Ya no quiero encontrar personas que me prometan una amistad perfecta. Quiero encontrar personas con las que pueda existir. Personas que puedan decirme "esto no puedo darte" sin que eso signifique abandono. Personas que puedan conocer mis partes difíciles sin convertirlas en evidencia en mi contra. Personas que no necesiten idealizarme para quererme. Y quizás yo también tenga que aprender a hacer lo mismo. Dejar de idealizar. Dejar de exigir que el otro sienta exactamente como yo. Dejar de confundir profundidad con reciprocidad absoluta. Dar a cada persona el lugar que realmente puede ocupar.

Y aceptar que quizás nunca exista esa amistad completamente genuina que durante tantos años imaginé.

O quizás sí.

No lo sé.

Tengo más dudas que certezas.

Pero por primera vez, esa incertidumbre no me parece solamente una amenaza.

Quizás también sea una posibilidad.

Tal vez pertenecer no sea encontrar una tribu que nos acepte exactamente como somos.

Tal vez sea encontrar, poco a poco, a aquellas personas frente a las cuales no tengamos que dejar de serlo.

Y quizá eso sea mucho más parecido a una amistad real.

No una promesa de para siempre.

No una complicidad perfecta.

No una intensidad compartida al milímetro.

Simplemente dos seres humanos diciendo:


"Yo no veo el amanecer exactamente como vos."

"Pero quiero quedarme un rato para verlo juntos."



Con cariño,


SMAG

No hay comentarios:

Publicar un comentario