miércoles, 21 de octubre de 2026

La gente a la que solo le crecen malezas


De las cosas que más me aterran

está la malicia que se disfraza de ‘’amiga’’


Hay rumores que llegan

vestidos de bondad,

con las manos limpias

Pero debajo de la lengua, 

encuentras:

El deseo de dañar.


A veces directamente.

A veces sobre la piel.

A veces sobre el nombre.

Y otras,

las peores,

sobre la mente.


Hay daños que sangran

y otros que permanecen

mucho después de que todos

han olvidado haberlos causado.


La malicia también sabe abrazar.

Se acerca.

Pregunta cómo estás.

Pronuncia tu nombre

con una dulzura cuidadosamente ensayada.

Y, sin embargo,

hay una pequeña alegría

en sus ojos

cuando te encuentra triste.


También existe el silencio

de quienes alguna vez llamaste amigos.

Ese silencio que no es ausencia,

sino complicidad.


La mirada del que envidia

tiene una característica particular,

No envidia lo que no tiene,

sino el simple hecho

de que tú lo tengas.

Y entonces comprendo

que algunas personas

no necesitan perder nada

para sentirse derrotadas.

Les basta con verte crecer.


No confío demasiado

en las lenguas que viven del victimismo.


Hay personas que han hecho

de sus heridas una casa

y después se sorprenden

cuando todo cuanto construyen

huele a ruina.


La queja también puede convertirse

en una forma de existencia.

La mente es un campo.

Un campo,

fértil,

inmenso.

Todo aquello que siembras

encuentra una manera de crecer.

Pero hay tierras

en las que solo prosperan los yuyos.

No porque no puedan florecer,

sino porque han aprendido

a regar la maleza.


Allí crece la sospecha.

Crece la tergiversación.

Crece la historia contada

tantas veces

que termina pareciendo verdad.


Y lo nuevo no encuentra espacio.

Lo bueno es arrancado

antes de echar raíces.

La alegría incomoda.

La esperanza parece una amenaza.


Entonces solo queda

volver a la herida.

Llorarla.

Contarla.

Hacer de ella una identidad.

Y volver a llamarse víctima

para no tener que preguntarse

qué parte de la propia vida

también necesita ser transformada.


Por eso,

quizá,

he decidido no sostener

todas las manos que se extiendan hacia mí.

No escucharé

todas las palabras.

No entraré

en todas las guerras.

Y si para conservarme

tengo que aprender la soledad,

que así sea.

Es duro, pero algunos amigos,

Me ofrecieron su compañía, 

a cambio de verme pequeña,

para ellos sentirse grandes.



¡Dios me libre, de volver a transitar,

con quien siembra espinas

y luego culpa al suelo!.


Quizá algún día

encuentre un lugar donde habitar.

Un lugar donde no tenga

que defender constantemente

mi derecho a existir en paz.


Mientras tanto,

seguiré arrancando malezas.

De mi jardín.

De mis pensamientos.

De mi nombre.

Y a quienes me persiguen

les dejo una última verdad:

no existe seguidor más fiel

que aquel que se proclama enemigo.

Porque nos llevan en la boca.

Nos llevan en el pensamiento.

Vigilan nuestros pasos.

Nuestros cambios.

Nuestros aciertos.

Conocen nuestros movimientos

mejor que quienes dicen amarnos.

Nos observan crecer

desde lejos,

con una atención

que jamás concederían

a su propia vida.

Y yo,

mientras tanto,

seguiré creciendo.

Aunque sea lejos de ellos.

Aunque sea sola.

Aunque para encontrar mi jardín

tenga que abandonar

el campo entero.


SMAG

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