De las cosas que más me aterran
está la malicia que se disfraza de ‘’amiga’’
Hay rumores que llegan
vestidos de bondad,
con las manos limpias
Pero debajo de la lengua,
encuentras:
El deseo de dañar.
A veces directamente.
A veces sobre la piel.
A veces sobre el nombre.
Y otras,
las peores,
sobre la mente.
Hay daños que sangran
y otros que permanecen
mucho después de que todos
han olvidado haberlos causado.
La malicia también sabe abrazar.
Se acerca.
Pregunta cómo estás.
Pronuncia tu nombre
con una dulzura cuidadosamente ensayada.
Y, sin embargo,
hay una pequeña alegría
en sus ojos
cuando te encuentra triste.
También existe el silencio
de quienes alguna vez llamaste amigos.
Ese silencio que no es ausencia,
sino complicidad.
La mirada del que envidia
tiene una característica particular,
No envidia lo que no tiene,
sino el simple hecho
de que tú lo tengas.
Y entonces comprendo
que algunas personas
no necesitan perder nada
para sentirse derrotadas.
Les basta con verte crecer.
No confío demasiado
en las lenguas que viven del victimismo.
Hay personas que han hecho
de sus heridas una casa
y después se sorprenden
cuando todo cuanto construyen
huele a ruina.
La queja también puede convertirse
en una forma de existencia.
La mente es un campo.
Un campo,
fértil,
inmenso.
Todo aquello que siembras
encuentra una manera de crecer.
Pero hay tierras
en las que solo prosperan los yuyos.
No porque no puedan florecer,
sino porque han aprendido
a regar la maleza.
Allí crece la sospecha.
Crece la tergiversación.
Crece la historia contada
tantas veces
que termina pareciendo verdad.
Y lo nuevo no encuentra espacio.
Lo bueno es arrancado
antes de echar raíces.
La alegría incomoda.
La esperanza parece una amenaza.
Entonces solo queda
volver a la herida.
Llorarla.
Contarla.
Hacer de ella una identidad.
Y volver a llamarse víctima
para no tener que preguntarse
qué parte de la propia vida
también necesita ser transformada.
Por eso,
quizá,
he decidido no sostener
todas las manos que se extiendan hacia mí.
No escucharé
todas las palabras.
No entraré
en todas las guerras.
Y si para conservarme
tengo que aprender la soledad,
que así sea.
Es duro, pero algunos amigos,
Me ofrecieron su compañía,
a cambio de verme pequeña,
para ellos sentirse grandes.
¡Dios me libre, de volver a transitar,
con quien siembra espinas
y luego culpa al suelo!.
Quizá algún día
encuentre un lugar donde habitar.
Un lugar donde no tenga
que defender constantemente
mi derecho a existir en paz.
Mientras tanto,
seguiré arrancando malezas.
De mi jardín.
De mis pensamientos.
De mi nombre.
Y a quienes me persiguen
les dejo una última verdad:
no existe seguidor más fiel
que aquel que se proclama enemigo.
Porque nos llevan en la boca.
Nos llevan en el pensamiento.
Vigilan nuestros pasos.
Nuestros cambios.
Nuestros aciertos.
Conocen nuestros movimientos
mejor que quienes dicen amarnos.
Nos observan crecer
desde lejos,
con una atención
que jamás concederían
a su propia vida.
Y yo,
mientras tanto,
seguiré creciendo.
Aunque sea lejos de ellos.
Aunque sea sola.
Aunque para encontrar mi jardín
tenga que abandonar
el campo entero.
SMAG
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