Estoy pensando con locura.
Con esa férrea convicción que me deja despierta
cuando la noche ya no tiene nada que decirme.
¿Por qué no puedo, simplemente,
vivir este mundo?
¿Por qué me conmueven
los detalles más pequeños?,
¿Acaso elegí acompañar el dolor humano
hasta hacerlo mío?
A veces pienso que nací demasiado humana
para este mundo.
O quizá llegué tarde.
Llegué un día
a este espacio inhabitado por el homo,
y quizá, con menos ironía,
por el sapiens.
Y entonces me pregunto
si la respuesta no es mucho más sencilla.
Tan sencilla como aquello que hicieron algunos de los míos:
juzgar y no preguntar,
creer y no confirmar,
ignorar y no acompañar.
Ya no son de los míos.
Quizá alguna vez lo fueron.
Qué rápido olvida el hombre la calidez
cuando ya no puede alimentarse de ella.
Qué fácilmente abandona aquello
que alguna vez lo sostuvo.
Tal vez por eso el beso de Judas
parece tan sencillo.
Porque hay dolores heredados
que resultan demasiado insoportables
cuando se los mira de frente.
Entonces se los reduce.
Se los convierte en una explicación pequeña
para no tener que soportar
la inmensidad de lo inexplicable.
Quizá no sé por qué.
Quizá esto sea apenas
la justificación que mi tristeza inventa
para no aceptar que algunas cosas
no tienen respuesta.
Pero, ¿cómo confiar después de tantas palabras?
¿Cómo volver a creer en la cercanía,
en el calor,
en el amor del otro,
cuando he conocido demasiado
los sinsabores de lo ´´humano´´?
Y entonces comprendo.
Hay algo terriblemente humano en mí
que no encuentra dónde quedarse
entre otros humanos.
Quizá porque ya no lo son.
Quizá alguna vez lo fueron.
Pero algo se quebró.
Y hoy algunos prefieren sus creencias
a su humanidad.
Prefieren tener razón
antes que tener al otro.
Y yo sigo aquí,
incrédula,
dolorosamente humana,
preguntándome
si existe todavía un lugar
donde esta ´´humanidad´´
no tenga que pedir perdón
por sentir demasiado.
SMAG

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